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Al pie del cañón

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Alguien descorrió el cerrojo que se acompañó con un sonido seco, producido al golpear la barra de metal con el tope. La puerta de roble se abrió, una vez más, ¿lo hizo como siempre? Yo creo que no, aunque giró pesadamente sobre los pernios de hierro como habitualmente hacía, sumida en un mutismo que de vez en cuando tornaba en un chirrido que rasgaba el aire, pero que su dueña acallaba con un poco de aceite. Había algo fuera de lo normal en su forma de abrirse, llamarlo si queréis mágico o tal vez sea mi imaginación, no se asegurarlo con certeza, pero algo indescriptible había en torno a un hecho tan normal como abrirse una puerta.

La luz de la luna penetró al portal a través de la apertura de la puerta, como si la damisela blanca hubiese esperado toda la noche a que hubiese una rendija para poder entrar en este momento, no habiéndose atrevido a llamar para no molestar a la moradora de la casa.

Un halo pálido más grande de lo normal acompañaba en los cielos a la esfera blanquecina.

Momentáneamente el torrente de luz que inundaba el portal se vio oscurecido por el paso de tres figuras que se alinearon sincrónicamente en el primer y único escalón que permitía el acceso al hogar, una casa antigua de muros gruesos para protegerse tanto del gélido invierno como del caluroso verano.

Una de las tres figuras era más alta que las otras dos, pero de todas surgía un vaho por su boca que se fundía con el entorno por el que se hallaban envueltos. Esa noche hacía frío, pero conseguía pasar desapercibido por las profundas emociones que recorría la médula espinal de cada uno de ellos. Sus miradas escudriñaban el final de la calle que descendía hasta perderse en la oscuridad, provocada por las casas apiñadas a un lado y a otro de la vía que impedían el paso de la luz de la luna.

-Se acercan.-Era una información que no admitía réplica.

¿Pero que se acerca? ¿Los herejes holandeses?

Una luz ascendía por la empinada calle rechazando al mundo de las tinieblas. Un rumor aumentaba de intensidad y rápidamente nos llegó a nuestros oídos como si fuesen olas rompiendo contra las rocas de la playa.

Un grupo de niños acompañado de un adulto pasó corriendo ante las tres figuras alineadas, ¿sus caras reflejaban terror? No se pararon a saludar, las prisas podían con los formalismos, ¿pero de que huían?

-Ya están aquí.- No pude descifrar los sentimientos que iban enmascarados ante tan sencilla frase.

Era como una procesionaria, cada figura llevaba una antorcha que iluminaba unos rostros negros como el carbón. ¡No son herejes holandeses son sarracenos!

Mis músculos se pusieron tensos, sentí una oleada de calor provocada por una descarga de adrenalina, causada por la sorpresa de ver a una comitiva tan extraña que se acercaba.

Mi sorpresa se acentuó al distinguir una estructura creada por la mano del hombre aproximándose. ¡Son torres de asedio! ¡prepárense! pero de mi boca no surgió nada.

En la torreta iba una figura coronada y con capa, debía ser el capitán o el rey del destacamento sarraceno. Llevaba algo en las manos, tal vez sea el cetro de poder, pero rechacé esa idea al momento. Una descarga de arcabucería intentó borrar nuestra compañía perfectamente alineada.

¡Pardiez! ¡Nos están intentando masacrar! ¡Aguantar la formación! Con un rápido movimiento doble mi cintura y pude esquivar por poco la nube de proyectiles, alguno paso cerca de mi cabeza. Las balas se perdieron en el interior de la casa. Observé a la compañía que seguía alineada, no habían conseguido su objetivo.

-Faltó poco.

Éramos como los tercios gloriosos españoles del siglo XVI. Siempre en primera fila preparados para el ataque, aguantando las descargas de fusilería de los herejes.

Un temor creció en el interior de mí ser, otra de esas torretas se acercaba escoltada a los flancos por una compañía de hombres que portaban antorchas. Estos si que eran holandeses, pues llevaban barbas rubias.

-Se acerca otra carga... no pude continuar hablando, mi compañera de filas hacía gestos extraños, me estaba señalando con su dedo. ¡Oh, no! Tenemos infiltrada una espía en nuestra compañía, me está delatando al enemigo.

Esta vez no tuve tiempo, ¡en toda la cara! los primeros proyectiles los recibí en toda la cara y el resto repartidos por todo el cuerpo. ¡Qué extraño! Las balas rebotaban cuando chocaban contra mí, y lo más sorprendente era que aún seguía vivo.

Esta vez la fila no aguantó, ¿el miedo se apoderó de los corazones de las personas que formaban la compañía? La fila se rompió y entro al interior de la casa. ¿Qué extraño sueño es este que estoy viviendo? Se agachaban a recoger los proyectiles, que rápidamente guardaban en sus bolsillos.

-Hijo no te muevas, que vas a espachurrar el caramelo.

Todo ocurría de forma rápida, fui engullido por el remolino de la acción. Mis padres se volvieron a colocar en posición.

-Falta otro Rey Mago, no te quedes ahí como un pasmarote. Haz como tu padre.

Ya se acercaba, lo que se parecía a una torreta de asedio era una carroza, que imitaba a un templo griego, si es que no se puede salir de casa sin llevar las gafas.

Cambie el chip y reaccioné, me puse a imitar los gestos de mi padre. Empecé a dar botes, moviendo los brazos y gritando. -Su majestad tírenos unos caramelos.

Ahora podía comprender lo que antes me extrañaba, mi madre no me señalaba a mí como objetivo de los arcabuces, sino al interior de la casa, indicando a los Reyes donde tenían que ir los caramelos. Una risa se me escapó de entre mis labios.

Y efectivamente, los Reyes Magos se lo tomaban como un auténtico desafío para su puntería, menudo reto, meter los caramelos a través del hueco de la puerta, en el que un individuo movía como un loco los brazos.

Paremos un momento la escena y analicémosla porque tiene su gracia.

Eres un Rey Mago, que tiene un puñado de caramelos en la mano. Y de repente ves a una mujer indicándote con el dedo una puerta abierta, y en medio un individuo saltando y agitando los brazos, esta escena es idéntica si la trasladamos al estadio de fútbol Santiago Bernabeu, se deberían sentir como Ronaldo con un balón en los pies, viendo una portería con un portero agitando los brazos para evitar el gol. Encima casi se los llaman igual, a unos les denominan Galácticos y a otros Reyes Magos, y ambos trabajan un día al año y el resto se lo pasan de fiesta. Así con gesto incluido de morderse la lengua para mejorar la puntería se preparan y sueltan la nube de caramelos, y como no podía ser, ¡paradón del portero! Ya me los imagino en su yate privado codeándose con los jeques árabes allá en el lejano oriente, comentando la jugada.

-Baltasar mira que malo eres, no metiste ni un caramelo por la puerta.

-Pues no se como me lo echas en la cara Melchor, porque tu bien que lanzaste dos puñados de caramelos, y los dos le dieron en la cara a ese pobre muchacho.

Ya me podía sentir como un veterano de Flandes, con cicatrices incluidas en la cara provocada por los dos puñados de caramelos lanzados por Melchor. Aunque todavía me asalta la duda de que si no tiraran a hacer blanco, como si los que asisten a la cabalgata de Reyes fuesen dianas, cuando se encuentran aburridos.

La comitiva ya nos abandonó para continuar su recorrido, pero nosotros nos sumamos a tal desfile. Un coche abría el espectáculo, en su techo llevaba una estrella formada de luces de colores.

Algunos asistentes a la cabalgata ya se debían conocer tácticas para recoger caramelos, porque uno de ellos cogió un cono de tráfico, de los que había en las aceras que marcan el recorrido, para aprovecharlo como recipiente en donde meter caramelos. Todo un desafío para los Reyes, que pensaban que eran el famoso baloncestista Pau Gasol, ambos tienen barbas, la diferencia es que en lugar de intentar encestar un balón, intentaban encestar caramelos no en un aro pero si en un cono.

Al final creo que eso de ver a los Reyes Magos les hace más ilusión a los mayores y a los padres que a los niños por varias razones. Primera, los mayores saltan con mucho más entusiasmo y aspavientos para atraer la atención de sus Majestades. Segunda, a la hora de agacharse para recoger caramelos, incluso los viejecitos, lo hacen a toda pastilla, al final el que menos recoge es el niño. Y tercera hay algunos que llevan paraguas para llevarse todos los caramelos, alucinante. Por lo que la cabalgata se convierte en una competición para ver quien recoge más caramelos, sino lo creéis el próximo año sólo tenéis que dar un paseo el día de Reyes.

Daniel Prieto Mateos

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