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El jardín del olvido

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La cuchara de metal una y otra vez dejaba caer a la manzanilla dentro del vaso, para que durante la oxigenación se fuera enfriando poco a poco con el discurrir del tiempo, tiempo que parecía estancado. Dentro del edificio el mundo se había detenido para todos aquellas personas que ocupaban la sala. Sólo se escuchaba la telenovela, alguna mosca volar y el aire agitado por los ventiladores.

Algunos ancianos a duras penas se recostaban sobre los sillones en la forma más cómoda que les permitiese su escoliosis, su cifosis o sus caderas... otros se mantenían sobre sus asientos con un porte regio, como antiguos monarcas pero sin su reino, su hogar, sus posesiones e incluso sin recuerdos. Bocas abiertas que permitían que un chorrillo de baba corriese por la comisura de los labios se mezclaban con miradas vidriosas fijas en el televisor, miradas que iban más allá de la pantalla en donde se plasmaban los actores de la serie. Tal vez por sus cerebros todavía acudían imágenes de un pasado mejor, de una esperanza de volver a salir de aquel lugar, o simplemente la esencia que corría en su alma dejó su cuerpo para volar más allá de las fronteras de la carne, quedando simplemente como estatuas silenciosas con los gestos petrificados por el paso del tiempo, vegetales en sillas de ruedas que sólo esperan el encuentro con la muerte, quizás con la resignación de quien sabe que ya vivieron una vida y tarde o temprano llega el siguiente paso de la existencia, o con el miedo de no saber que es lo que hay después de perecer, el paso del ser al de no ser, a la terrible nada, o al comienzo de una vida nueva en un más allá o un cielo. Eso si todavía el Alzheimer no les arrebató su memoria y su capacidad de pensar.

¿Cuándo alguien deja de ser persona? ¿Al morir o cuándo sus funciones superiores caen en el olvido por las demencias que nos acechan? Depositados con sus sillas de ruedas iban siendo colocados los ancianos en el comedor, como muebles viejos en un desván. Algunos todavía se mantenían válidos aunque fuese con la ayuda de esos artilugios llamados andadores... no a todos les afecta el tiempo de la misma manera. Muchos perdieron la razón en el camino, ahora se quitan la ropa utilizándola de servilleta, otros su identidad fue borrada de su cabeza, no recordando ni a sus familias, ni que fue de su vida... pero todos ellos reaccionando de manera primitiva ante el cariño desinteresado que se le puede ofrecer aunque el corazón del que asiste a la tragedia del olvido y del tiempo se encuentra compungido por el dolor de ver en ese estado a su ser querido, y el alma partida por enfrentarse a su hipotético futuro, allí entre arrugas y piel marchita todavía florece la sonrisa ante palabras y gestos nacido desde el amor.

Afuera el mundo sigue girando, tal vez alguno sueñe con lo que hay detrás del muro y la valla que rodea la residencia de ancianos, o puede que lamente la vida que desperdició mientras pensaba en la jubilación o aquel día futuro mejor que vendría, mientras no dejaba de tejer y tejer planes para su devenir, sin darse cuenta que la vida en verdad discurría lentamente en su presente, naciendo cada día con el amanecer y pereciendo de manera silenciosa con el ocaso. Pero el tiempo ya pasó y el pasado solo es un recuerdo más que lucha por no desvanecerse con el resto de tesoros que uno acumuló durante su existencia.

Entrar en una residencia no sólo es el hecho de ver familiares queridos, es enfrentarse a la incertidumbre del futuro, de lo que nos espera, es plantearse si nuestra vida la disfrutamos al máximo, es preguntarse por nuestro sentido en este mundo, ¿cuál es el propósito?, ¿Una vana existencia y después vivir en la memoria de los que nos rodean para terminar algún día desapareciendo en el tiempo? ¿Un sólo cuerpo que se transformara en polvo? ¿O tal vez una vida nueva en un más allá? Yo sí que lo tengo claro, pero todavía algunos piensan que nuestra vida se acaba con la muerte que nuestros actos no sirvieron para nada, que Dios sólo es un cuento para ser buenas personas. La verdad nos rodea, no hay que ir muy lejos para encontrarla, ni siquiera pisar una residencia de ancianos. La vida jamás fue un jardín del olvido aunque nuestra existencia se vaya enfriando lentamente como la manzanilla que se remueve para ser bebida.

Daniel Prieto Mateos

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