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Relatos de monaguillos

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RELATOS DE MONAGUILLOS

Corría el año 1959 y en Cebreros, en el verano, había dos churreros. Uno llamado Lorenzo, al que ayudaban su esposa Magdalena y su hija Carmen. Tenían un quiosco de madera en la plaza, al lado de la fuente de los cuatro caños, por cierto los churros eran muy ricos. El otro churrero era Adrián y su padre que le echaba una mano, sobre todo los domingos y fiestas, no tenían quiosco, la caldera de leña estaba al aire libre, debajo de la torre de la iglesia, en la esquina. Adrián hacía también churros pero sobre todo buñuelos dándoles un toque especial.

Un domingo que estábamos en la torre tocando a misa de nueve de la mañana, un monaguillo se presentó con unos globos que le habían salido en un sobre sorpresa, que compró en el quiosco de Chuchi. Los hinchamos y empezamos a jugar mientras se hacía tiempo para dar el segundo toque. Debido al viento que soplaba los globos salían volando por las ventanas, para nosotros carecía de emoción. Entonces uno de los monaguillos dijo: ¿Y si los llenamos de agua y se los tiramos a la gente que pase por la calle? No pueden vernos. La idea les pareció a todos bien, solo que había un inconveniente, arriba en la torre no había agua por lo tanto se echó a suerte quién sería el que fuese a por agua a la fuente de la plaza con unos botes. Llenábamos los globos con agua y aire haciéndoles un nudo en la boquilla, arrojándolos desde la torre y nos escondíamos para que no nos vieran. ¡Qué bien lo estábamos pasando! El susto que se llevaban era morrocotudo. No conformándonos con eso queríamos emociones más fuertes. En esto que otro monaguillo dijo: ¿Os habéis dado cuenta la cantidad de gente que hay en los churros? ¿Les tiramos un globo para asustarles? Todos contestaron afirmativamente. Sin pensarlo dos veces un monaguillo cogió el globo lleno de agua y lo arrojó por la ventana. El globo reventó en el suelo cerca de la caldera de los churros con tan mala suerte que algunas gotas de agua entraron en contacto con el aceite hirviendo y empezó a saltar, menos mal que no cayó dentro…

Las personas que estaban comprando los churros y buñuelos comentaban lo traviesos que eran los monaguillos, pero a Adrián no le sentó bien. Nosotros lo hicimos sin malicia, era una broma. Acordándose de nuestras familias, soltaba culebros por la boca. Dejó todo lo que estaba haciendo, se quitó el delantal y cogiendo el palo de amasar le vimos que se dirigía hacia la entrada de la iglesia. Al oír sus acelerados pasos subiendo las escaleras de la torre, trepamos a la caseta del reloj y por los huecos de la pared hasta el tejado, donde la cigüeña pone el nido. Cuando le vimos arriba nos tumbamos en silencio, debajo de las vigas sin que nos viera, el corazón parecía que se nos salía del cuerpo, solo se escuchaba la maquinaria del reloj,

Lo primero que dijo: Dónde os habéis metido cacho marico…, tirarme los globos ahora, cacho cabro… que os voy a arrancar los huev…como os coja os meto en la caldera y os dejo como a los churros.

Nosotros estábamos muertos de miedo al verle aparecer con el palo y vociferando de forma tan violenta, pensábamos que si en ese momento nos cogía nos iba a moler los riñones. Asomábamos un poquito la cabeza para ver si subía al tejado, pero no pudo a pesar de varios intentos. Estaba muy nervioso, fuera de sí buscando algo para tirarnos. Encontró unas piedras y con toda la rabia contenida nos las lanzó sin llegar a darnos. Poco faltó para que las piedras saliesen disparadas por las ventanas. Volvió varias veces a la carga sin éxito, diciendo: No creáis que esto se va a quedar así hijos de p…, se lo voy a decir al cura.

Optó por bajarse echando improperios por la boca, y más con la gente que tenía esperándole para los churros.

Cuando escuchamos que ya estaba al lado de la caldera, llamándonos de todo, bajó uno de los monaguillos del tejado y nos dio la señal que el camino estaba despejado.

Muy despacio bajamos de la torre sin que se oyera el crujir de los escalones y esas tablas medio desprendidas. Salimos de la iglesia por la puerta de arriba, antes solo se abrían la puerta norte y la sur. Una vez en la calle corrimos como almas que lleva el diablo.

Fuimos a la sacristía, donde nos vestimos de monaguillos para la misa mayor, de doce de la mañana. Antes de empezar la misa entró Adrián muy alterado, nos quedamos más pálidos que el traje que nos habíamos puesto. Le contó lo ocurrido al cura y poniéndonos en fila nos pidió una explicación, ¡De aquí no salís hasta que contéis lo ocurrido! En ese momento entraron en la sacristía las autoridades, el alcalde con sus concejales y un miembro de la guardia civil, era costumbre saludar al cura antes de empezar la misa y luego tomar asiento en el banco de las autoridades. En ese momento nos sentimos salvados por la campana, nunca mejor dicho. No obstante nos dijo que luego hablaríamos.

Nos pasamos toda la misa pensando en la reprimenda que nos esperaba. Una vez terminada la misa, cuando nos estábamos desvistiendo, el cura nos puso junto a la pared y dijo que le contáramos todo. Nuevamente entraron las autoridades volviendo a ser nuestra salvación. Ese domingo nos quedamos sin paga, que para nosotros era muy importante, pues con ella íbamos al cine. Nadie en ese momento lo pensó, como bien dijo alguno, ya vendrá por otro sitio.

Así pasó y así lo cuento, una chiquillada que reflejo en mis cuadernos de” Relatos de monaguillos,” omitiendo los nombres de estos.

Francisco Prieto García.

Cebreros

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