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Hastin viajero

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Como os dije en la primera parte aquí estoy de nuevo otra vez, algunos de ustedes dirán ¡oh no! otra vez el pesado del perro. Vengo con más anécdotas de nuestro querido amigo el can, así que juzguen esta segunda parte. Otros preguntareis porque se tardó tanto tiempo en escribir esta parte, la única respuesta es la pereza y que uno siempre está ocupado, Además escribir la biografía de un perro es más difícil que escribir la de Raúl González Blanco que como mucho puede decir: “Cuando fallé el penalti contra Francia la vida se convirtió en un infierno, ¡no siento las piernas señor! y ahora encima nos eliminan de la Eurocopa de Portugal”, o peor aun escribir la de Maradona imaginaos: día primero sobredosis de droga, día segundo lo mismo, día tercero he vuelto a recaer… y así hasta que deje de envenenarse a sí mismo.

 

Y sin más excusas que valgan, retomemos la historia del perro en dónde la dejamos…

 

 

A todas las personas les fascinan los coches, incluso a los perros, ya que cuándo uno de estos animalitos te marcan el coche, te le marcan de verdad, es decir, dónde mea un perro mean veinte. Pero a diferencia de las personas los perros prefieren los árboles y las plantas para poderlos regar, y si no que se lo digan a mi padre, el cual pudo apreciar como su querido romero se secaba día tras día, así que su decisión fue acechar al causante de tal barbarie como un detective, pero cual fue su sorpresa, elemental mi querido Watson, el agresor era su propio perro, la única defensa del can era que no le gustaba el olor del romero y prefirió darle un toque más fashion-canino. Después de regañarle, de vez en cuando, cuando nadie vigila al pobre romero se acerca nuestro intrépido amigo para hacerle un regalo de buena amistad. ¿Y con esta experiencia quién se va a atrever a coger el perejil del jardín para añadirlo a la comida?, después de saber la suerte que le ocurrió al romero.

Cuando decía que a los perros le fascinaban los coches, es porque siempre les gusta ir mirando el paisaje, todo automóvil sirve para transportar cosas, suegras y perros, la semejanza de transportar suegras y perros es que cuando el coche circula por una carretera con curvas ambos se marean y vomitan manchando la tapicería nueva del automóvil o estropean tu vestido preferido. Y para que esto no sucediese se nos ocurrió la idea de adiestrar a Hastin, como a los astronautas, no señores si ustedes piensan que le metimos a la lavadora y la pusimos a funcionar, lo que hicimos fue llevarle de copiloto desde pequeño, pero se convirtió en una desagradable experiencia ya que con el perdón de ustedes, se cagó, no hay palabras que definan tal acto, no sirven en este caso los eufemismos de defecar ni hacer sus necesidades biológicas, pues dejó el asiento echo una verdadera… todo pringado, y no continúo describiendo la escena porque hasta a mí se me revuelve el estómago, y os lo aseguro no es de hambre, y para no dañar la sensibilidad de mis queridos lectores.

Para evitar que sucediese este incidente desagradable hicimos una tormenta de ideas, desde que el perro viajase en la baca del coche, o que viajase en una caja bien cerrada, hasta que surgió la mejor idea, ponerle en una caja con periódicos, para que no sucediese lo mismo.

Pero el perro siguió creciendo, y conseguimos el objetivo de que no se marease, pero siempre después de un problema surge otro problema, o mejor dicho un problemón. ¿Dónde viajará el perro con lo grande que era?

Y es que en un coche que no es una ranchera, de cinco plazas, estando ocupadas las cinco por personas, dónde meter a Hastin, ni la lógica de Aristóteles encontraría la solución, la única lógica que sirve es la del tetris, encajando las piezas en el menor espacio posible. Por lo que el perro viajaría encima de las piernas de los ocupantes de atrás, al principio se hizo soportable pero al igual que la “historia interminable” Hastin siguió cogiendo peso como Ronaldo y cuando cambiaba su posición para mirar por otra ventanilla provocaba un coro angelical de alabanza a su madre, ya que parecía que en vez de pisar quería capar.

 

Y si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma, en cristiano, para el caso particular de esta historia es que o se cambiaba de coche para que tuviese una plaza el perro o no viajábamos más. Así que conseguimos que se comprase un nuevo coche pero ranchera, lo único malo es que una vez llegado al punto de destino del viaje tiene la sana costumbre de sacudirse soltando un montón de babas que casi siempre van a caer a la cabeza de los ocupantes de atrás. Dentro de lo que cabe se considera un perro con suerte ya que viaja con las maletas y las bolsas de comida, por lo que si un día se te olvida cerrarla da por hecho de que no necesitará comer en varios días.

 

Daniel Prieto Mateos

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